Revista Laberinto

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El amarillo

Trabajando, siempre trabajando. Para él no existían los sábados, ni los festivos, ni las vacaciones. Su afición por estar entre aquellas paredes grises (blancas al principio), y el papel, y las máquinas, era  desmedida. Los demás pensaban que todo lo que había detrás de tanto trabajo eran innumerables deudas; sin embargo yo pensaba que había algo más.

Tenía hijos y una esposa, pero poco a poco fuimos informándonos de que las relaciones con ésta y con aquellos habían quedado en el desuso del trato corriente del amor. Se enfadaba con los hijos y pasaban largas temporadas en que les retiraba la palabra. Con uno de ellos llegó incluso a las manos. Hubo una denuncia, pero nadie sabe en qué quedó aquella historia.

Cuando llegábamos a la fábrica, él ya se encontraba allí, cuando nos íbamos, él seguía en su máquina con el ruido, con mucho ruido, y parecía que disfrutaba más cuanto más altos eran los decibelios que emitían los engranajes de la máquina.

Era de estatura mediana, ancho, de complexión fuerte; tenía poco pelo, plateado y con ribetes que dejaban ver que alguna vez habían sido morenos. Sus ojos eran castaños, y su tez amarillenta, de un amarillo extremado. Se llamaba Juan.

 Una mañana faltó a trabajar. A las dos horas de haber empezado la jornada y cuando las máquinas habían llegado al auge del ruido, sonó el timbre del teléfono, era la mujer de Juan.“Hoy no podía ir a trabajar porque se encontraba enfermo, se había puesto muy amarillo y le dolía el abdomen. Se iba al hospital”. El que atendió la llamada, fue informándonos uno por uno porqué hoy no había venido Juan. Nuestra curiosidad fue satisfecha.

A los tres días apareció por la fábrica, como de costumbre, el primero. Alguien dijo: “Ahí está el Amarillo”. Desde entonces todos le llamábamos con ese apodo.

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