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Home Números publicados laberinto 9 Editorial: Terrorismo imperialista y guerra de liberación del pueblo palestino

Editorial: Terrorismo imperialista y guerra de liberación del pueblo palestino

La ofensiva militar israelí “Muro Protector” lanzada desde el pasado 29 de marzo en los Territorios Palestinos Autónomos de Cisjordania ha convertido sus ciudades y campos de refugiados en un baño de sangre. El respaldo del imperialismo de Estados Unidos es el que marca la pauta de la llamada “comunidad internacional”, encabezada por las resoluciones de la  ONU. El archiconocido juego de  Naciones Unidas consiste en la emisión de resoluciones que, cuando no las veta  Estados Unidos –en el Consejo de Seguridad– tampoco las cumple el Estado de Israel, de manera que éste se ha convertido en un caso consumado de no acatamiento del derecho internacional. Así tenemos que, el envío de una fuerza internacional de paz de la ONU –tantas veces solicitados por los palestinos– no ha tenido viabilidad alguna, cuando tanta diligencia hubo para la intervención de fuerzas de la ONU por motivos “humanitarios” a favor de Kosovo en la guerra de Yugoslavia. Claro está que, entonces, el guión imperialista a seguir era  el “etno-nacionalista” y ahora es el “antiterrorista”, merced al cual se trata de que los pueblos oprimidos renuncien a la lucha contra el imperialismo y sus “socios”.

A este respecto es bastante significativo que un diario nada izquierdista, sino todo lo contrario, como el ABC señalara –en una editorial del 31 de marzo– la complicidad internacional, en los términos siguientes: “.... la imperturbabilidad con que la ONU, Estados Unidos y la Unión Europea contemplan el terrible toma y daca entre isrelíes y palestinos, disimulada eso sí con retóricos llamamientos a ambas partes, inspirados quizás en la vanidad estúpida de que serán atendidos por los contendientes, o más probablemente en la necesidad de aparentar una postura activa ante la masacre, que no alcanza a tomar la decisión necesaria de interponerse entre unos y otros, y devolver el conflicto, aún por la fuerza, a una mesa de negociaciones”.

 El genocida Sharon y la responsabilidad laborista 

Al socaire de una “guerra total contra el terrorismo”, el ejército israelí, el ejército más poderoso de la región, bien equipado por Estados Unidos, está llevando a cabo la mayor ofensiva militar desde la guerra de 1967 contra una población mayoritariamente civil y pobremente armada, como es el caso de la resistencia palestina. Esta inferioridad de condiciones hace aún más evidente la decisión genocida del Gobierno israelí de “unidad nacional”, presidido por el general Airel Sharon que, para justificar la barbarie militar, necesita sobredimensionar la acción desesperada de los atentados suicidas palestinos.

Pero, frente a la criminalización de la segunda Intifada palestina, hay que recordar que ésta se inició en septiembre del año 2000, en respuesta a la ocupación de los territorios de Cisjordania y la Franja de Gaza , y por un Estado palestino independiente y viable, tras la frustración del Proceso de Paz de Oslo. Porque, como decía Jeff Halper, el pasado 17 de marzo, en El País dominical: “Hay que considerar lo que Israel hizo durante el así llamado Proceso de Paz, cuando supuestamente estaba negociando el estatus de los territorios. Entre 1993 y 2001, Israel desmembró Cisjordania y Gaza en pequeñas isletas (áreas A, B y C), dobló la población de colonos hasta 400.000; aisló el este de Jerusalén de la mayoría palestina; arrancó 80.000 olivos y frutales; construyó 30 nuevos asentamientos (ya había 200) ; demolió 1.200 casas; construyó 480 kilómetros de carreteras que atravesaban lugares palestinos y que suponían barreras para su libre circulación e impuso un “estrangulamiento” económico que ha empobrecido a la población”.

El aplastamiento de la Segunda Intifada y la creación de una especie de apartheid  de los palestinos en su propio país ha sido la estrategia del Gobierno de “unidad nacional” con el activo concurso del Partido Laborista de Simón Peres, que tacha de antisemita a todo el que se oponga a la agresión israelí. A ello se refería Sergio Yahni, condenado a prisión por haberse negado a servir como reservista en el ejército israelí, en su carta (publicada el 16 de abril en Rebelión), al decir: “La violencia racista del establishment de la seguridad israelí, que no ve personas sino sólo terroristas ha exacerbado el círculo vicioso de la violencia entre palestinos e israelíes” .

La responsabilidad del Partido Laborista era denunciada asimismo por M.A. Bastenier en su artículo Una paz entre dos Estados con plena soberanía , al explicar cómo ese partido “en casi treinta años de ocupación exhaustiva del poder no había hecho nada, o por lo menos no lo suficiente para resolver el conflicto”. En este sentido justificaba la abstención de los árabes-palestinos que habían dado la victoria electoral a Sharon, porque “sabiendo perfectamente que con su abstención estaban contribuyendo indirectamente a la victoria del gran nacionalista (Sharon) lo hacían porque preferían la verdad desnuda de una ocupación sin negociaciones dignas de tal nombre, a la superchería que el laborismo, últimamente de Peres y Rabin, y en su día de Ben Gurion y Golda Meir había hecho sufrir al pueblo palestino”. 

La deslegitimización y humillación de la Autoridad Nacional Palestina ha sido un objetivo claro de la ofensiva militar. El primer movimiento del ejército israelí, el 29 de marzo, fue  la toma de Ramala, la capital administrativa de Cisjordania, poniendo asedio al cuartel general del presidente palestino, Yasser Arafat, considerado “enemigo” y fautor de los actos terroristas. Ramala sería declarada “zona militar cerrada” como las demás ciudades reinvadidas de Beit Jala, Tulkarén, Kalkilia, Belén, Nablus y Jenín, sometidas a los toques de queda inhumanos de 24 horas, privados de asistencia médica y ambulancias, y a las que tampoco pueden acceder los corresponsales de prensa. En este sentido, la Federación de Sindicatos de Periodistas denunciaba el 6 de abril los intolerables ataques de Israel a la libre información, considerándolos los más graves y violentos desde la guerra de 1967, aunque juzgando que eran “la punta de un iceberg más escandaloso: el exterminio de la resistencia palestina que por momentos adquiere perfiles de genocidio”. Se pronunciaban asimismo contra “la patética y cómplice pasividad de gobiernos y organismos internacionales con Naciones Unidas al frente, ante esta incesante violación de los derechos humanos y el continuo incumplimiento israelí de las resoluciones de la ONU”.

A los diez días de la ofensiva militar ya se cifraban los muertos palestinos en medio millar y los detenidos en varios miles, los cuales eran trasladados al parecer a un campo de concentración del desierto del Neguev.

En cuanto a la prohibición israelí de socorrer a los heridos y por lo que muchos han muerto desangrados, ha sido considerado un hecho desacostumbrado en los “civilizados” conflictos armados, y que contraviene la Convención de Ginebra, era el director de la organización para los refugiados palestinos y de Oriente Próximo, dependiente de la ONU, Peter Hansen, el que lo planteaba sin conseguir nada: “En nombre de la decencia humana las fuerzas israelíes deben permitir el paso de nuestras ambulancias para evacuar a los heridos y enviar suministros de emergencia de comida y medicina”.

 La masacre de Jenín

Pero han sido las revelaciones de la masacre de Jenín las que han conseguido que el Consejo de Seguridad de la ONU decidiera, el pasado 20 de abril, enviar una comisión de investigación. “Es un horror que supera lo imaginable”, había declarado el enviado de la ONU para Oriente Medio, Terje Larsen, tras su visita al campo de refugiados de Jenín. Familias enteras habían sido sepultadas bajo sus casas, bombardeadas sin previo aviso, mientras los soldados disparaban sobre la población civil que huía de los bombardeos. Los testimonios coinciden en que junto a la utilización de civiles como escudos humanos, el ejército israelí cavó fosas comunes para ocultar los cadáveres. Medio millar de palestinos habrían muerto, mientras que las bajas israelíes serían de 23 muertos y 65 heridos.

Situado en el extremo norte de Cisjordania, el campo de refugiados de Jenín albergaba a unos 13.000 palestinos expulsados de sus hogares por la creación del Estado de Israel (1948) y de sus descendientes, la mitad de los cuales era menor de 18 años. Jenín era considerado el foco de la resistencia violenta contra los 35 años de ocupación israelí. De Jenín habían salido muchos de los terroristas suicidas, lo que puede haber sido un motivo adicional para la sed de venganza y exterminio allí registrada. La destrucción del campo comenzó el 3 de abril. Lo que antes eran casas se han convertido en gigantescos túmulos de escombros. Tanques y helicópteros han descargado bombas, obuses y mísiles sobre una población mayoritariamente civil, cuyos muertos según las fuentes palestinas se cifran en el medio millar. Un comunicado del Frente Popular para la Liberación de Palestina dejaba constancia de que Jenín se ha unido a “la larga lista de ciudades víctimas del terror neocolonial y fascista: Guernica, Auschwitz, Der Yasin, Hanoi, Sabra, Chatila...”.

Israel que afirmaba “no tener nada que ocultar” y que inicialmente aceptó la comisión de investigación ante el circunstancial apoyo dado a la misma por Estados Unidos, no tardó en poner condiciones y finalmente retrasar la actuación de la comisión, ante el temor de que Sharon resulte procesado por crímenes de guerra ante un tribunal internacional. Al parecer Sharon lamenta no haber pedido a EEUU que vetase la comisión de investigación de Jenín en el Consejo de Seguridad de la ONU como suele hacer ante las resoluciones que le vienen mal a Israel.

El respaldo imperialista de Estados Unidos

El presidente George W. Bush lo mismo califica de “hombre de paz” al  genocida general Sharon, que se pronuncia a favor de “dos Estados, Israel y Palestina, viviendo codo con codo en la paz y en la seguridad”, a la par que trata con la punta de pie al presidente palestino Arafat, al que tacha de terrorista y justifica por ello su asedio en Ramala. De esta manera deja que la ofensiva militar de Israel siga su curso, no sin pedir –de cara a la galería– la retirada israelí y con lo cual se deja que la reocupación siga avanzando. Es la estratagema de al revés para que se entienda. Y así nada de alto el fuego ni de intervención “humanitaria”.

Precisamente uno de los motivos aducidos por Bush para no enviar una fuerza multinacional a los territorios palestinos de Cisjordania y Gaza, ha sido el de no involucrar a los militares norteamericanos en una misión de paz. “Nuestros soldados están para pelear y ganar guerras”, dijo su portavoz. Luego para seguir dando tiempo a la ofensiva israelí se dieron titulares de prensa de este calibre: “Bush enviará a Powel a exigir a Sharon la plena retirada israelí”. Se daba por sentado que con ello Bush pretendía dar cumplimiento a la resolución 1402 de la ONU. Pero cuando Colin Powel llega a Israel, después de hacerse esperar, se abstiene de pedir la retirada israelí, dejando que la matanza prosiga.

Israel es la cabeza de puente del imperialismo de Estados Unidos en el Próximo Oriente, y esto explica sus reiterados desplantes y actitudes desafiantes. Recientemente Bush, en su entrevista con el príncipe Abdalá de Arabia Saudí lo reconocía sin rodeos: “El mundo puede contar con una cosa: no permitiremos que destruyan a Israel”. Algo de lo que la considerable ayuda militar de Estados Unidos pone de manifiesto: desde 1948 la ayuda de Estados Unidos a Israel se cifra en la suma de 132.000 millones de dólares.

Pero el servilismo de los gobiernos árabes aliados de Estados Unidos no es menos apreciable cuando espera sacar algunas concesiones del “amigo americano” invocando con ese objeto el “antiamericanismo” que la causa palestina reaviva en los pueb los.

 El servilismo de los gobiernos árabes

Antes de la ofensiva militar israelí el Consejo de Seguridad de la ONU había aprobado la resolución 1.397, en la que por primera vez y a iniciativa de Estados Unidos se apoyaba un Estado palestino independiente junto al Estado de Israel. El plan de paz de Arabia Saudí, presentado a la Cumbre de la Liga Árabe de Beirut, consiste en esa misma iniciativa, pero a escala árabe-israelí. De manera que si Israel abandona los territorios palestinos conquistados, en junio de 1967, y acepta la creación de un Estado palestino en Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este,  asumiendo las resoluciones de la ONU sobre la repatriación de los refugiados (o las compensaciones a los que no puedan regresar), y Siria recupera el Golán, todos los países de la Liga Árabe establecerían relaciones diplomáticas y comerciales con Israel.

La propuesta se enmarca en el principio de “paz por territorios” y cuenta con el apoyo de Estados Unidos. Pero el Gobierno de Sharon tardó pocos minutos en rechazar la oferta de la Cumbre de Beirut, afirmando que era “inaceptable” porque los refugiados –cuatro millones– habrían de volver a lo que hoy  es Israel, y eso acarrearía la destrucción de la pureza étnico-religiosa del Estado judío.  

La ira y repulsa contra EEUU e Israel ha provocado innumerables manifestaciones masivas que han recorrido las calles de las ciudades árabes. En algunos de estos países, las manifestaciones han sido encabezadas por el gobierno, como el caso de Libia. En Trípoli miles de manifestantes encabezados por el máximo líder, Muamar Gadafi, se manifiestan en apoyo del pueblo palestino. Al menos cien mil personas tomaron parte en la manifestación finalizó en la Plaza Verde de Trípoli, donde Gadafi en su discurso recordó que Libia había solicitado a los demás países árabes que permitan el paso por sus territorios de voluntarios libios que desean combatir con los palestinos para liberar Jerusalén. Pero Libia junto a Iran e Irak son considerados los “maximalistas” de la Liga Árabe, en la que los “moderados” aliados de Estados Unidos marcan la pauta con sus inofensivas condenas de la agresión israelí.

La Liga Árabe ha instado a que se aplique la resolución 1402 de la ONU referida a la retirada israelí de los territorios ocupados, pero no la utilización del arma disuasoria del petróleo esgrimida sobre todo por Irak. Este país se declaró a favor de que los países árabes productores de petróleo cortaran el suministro a Estados Unidos. La propuesta iraquí pedía lo siguiente: “Boicot económico total contra Estados Unidos, incluyendo un bloqueo de petróleo árabe hasta que rompa su odiosa alianza con la entidad sionista (Israel)”. Asimismo proponía la ayuda a los palestinos con armas y dinero, además de permitir que voluntarios árabes se incorporen a la lucha en los territorios palestinos, la ruptura de las relaciones diplomáticas con Israel de aquellos países que las tienen, como Egipto y Jordania, cierre de embajadas y boicot total al Estado judío.  

Irán mostró su acuerdo a utilizar “el arma del petróleo” a condición de que la  decisión fuera colectiva por parte de los países musulmanes. Pero el gran productor que es Arabia Saudí no está por la labor, de manera que Bush sigue considerando que Arabia Saudí es el mejor socio de Estados Unidos en la zona del Golfo desde hace 70 años; bastará tener en cuenta la presencia de 4.500 soldados de Estados Unidos, en la base militar saudí de Pince Sultan, desde la Guerra del Golfo, y ahora necesarios para la campaña militar contra Irak que se viene anunciando. Según algunas informaciones oficiosas se está rodeando a Irak con toda una serie de bases militares construidas en Jordania, Qatar, Kuwait, Omán, Bahrein y los Emiratos Árabes Unidos. Se trataría de una segunda edición de la Guerra del golfo. Actualmente la presencia militar en la zona del golfo Pérsico es de 70.000 soldados que esperan ser triplicados.

 La complicidad de la Unión Europea

La presidencia española de la Unión Europea ha tenido el tiempo suficiente para mostrar el seguidismo de Estados Unidos que le caracteriza.  Esto le ha valido al presidente español Aznar, que a la vez lo era de la UE, el ser ninguneado por Sharon sin paliativos. A los pocos días del asedio de Ramala, no se le ocurría otra cosa al Sr. Aznar, en nombre de la UE, que exigir de Sharon la bondad de que Arafat tuviese luz, agua y alimentos, y a lo cual Sharon en el fragor de la ofensiva militar no le hacía el menor caso. Lo que no impedía que el Sr. Aznar se manifestara a favor de la entente cordial entre Europa y Estados Unidos.

Por el ridículo, también llamado “impotencia diplomática” han ido desfilando los sucesivos personajes de la escena europea. Así el ministro de Asuntos Exteriores, Piqué, no ha dejado de repetir como un disco rayado que la Unión Europea no descartaba adoptar sanciones con-tra Israel hasta que se ha cansado por inacción de hacerlo. La amenaza de sanciones comerciales ha sido aireada por la prensa como un quita vergüenza y a sabiendas de que era pura humareda. Se ha esgrimido al efecto que más del 40 por ciento de las exportaciones israelíes tienen por destino los países europeos, pero de ahí no se ha pasado. También se ha esgrimido que bastaría poner a trabajar a la Oficina de la Lucha Antifraude de la UE contra los colonos judíos de Gaza y Cisjordania, en base a que una comunicación de la Comisión Europea aprobada en 1998, declaraba ilegal que los colonos judíos de los territorios ocupados vendieran sus productos a la UE como si fueran procedentes de Israel. La cuestión subyacente en todo esto es que los asentamientos de colonos en los territorios ocupados por Israel desde la guerra de 1967 constituyen una flagrante vulneración de la legalidad internacional.

En los medios de la UE también se ha gimoteado, como maniobra de distracción, en torno a la destrucción de infraestructuras que los Quince (países de la UE) financian. Desde 1993, los gobiernos europeos –con el fin de sacarle jugo a los Acuerdos de Oslo– han destinado en favor de Palestina una ayuda de tres mil millones de euros. Una cifra que se reparte entre un cincuenta por ciento de ayuda a los refugiados y el resto en ayuda financiera directa y proyectos de infraestructura.  

El ridículo de la diplomacia europea se hizo más resonante si cabe con el fracaso de la “delegación comunitaria” encabezada por los españoles Piqué y Solana a Israel, del que volvieron con las manos vacías y el rabo entre piernas. Cierto que, el socialista Solana, alto representante de Política Exterior, llamado “Mister PESC”,   parece haber perdido el seso desde la guerra “humanitaria” en Yugoslavia, hasta el punto de hacer declaraciones como en la Cadena Ser,  apuntando como una solución del conflicto palestino-israelí la jubilación de los líderes de la contienda, de Arafat y Sharon. Un simplismo salomónico y risible.

La realidad es que la Unión Europea no ha conseguido mostrar una política exterior propia, como algunos supuestamente ingenuos reclaman, porque sencillamente no la tiene. Fijémonos en el “papelito” de la eurocámara, del rimbombante Parlamento Europeo, reunido el pasado diez de abril en Estrasburgo, que por 246 votos a favor, 216 en contra y 13 abstenciones se pronunció por suspender el Acuerdo de Asociación de la UE con Israel (firmado en 1995), y por el embargo de armas a Israel y Palestina. Un acuerdo parlamentario que no sirve para nada, desde el momento en que a ello se opone la Comisión Europea, contraria a utilizar el arma comercial y dispuesta a que se mantenga el negocio del armamento. Lo cual no quita que algunos países como Francia y Alemania hayan fabricado sus respectivos “planes de paz”, o que el ministro inglés (laborista) de Asuntos Exteriores muestre su escasa afinidad con el viejo continente, al afirmar: “No hay mejores amigos de Israel que Estados Unidos y el Reino Unido...”

A la fabricación de “planes de paz” se ha unido el de la Internacional Socialista, cuyo comité ejecutivo se reunió en Madrid el pasado 23 de abril, con la participación del ministro israelí de Asuntos Exteriores, el laborista Simón Peres. Lejos de expulsar a Peres de la Internacional Socialista (IS), como algunas voces reclamaban por su activa defensa de la ofensiva militar, el presidente de la IS, el portugués Antonio Guterres ha defendido la presencia de Peres en el Gobierno israelí de “unión nacional” afirmando que es una presencia necesaria para la paz. Como es de suponer se han obviado el carácter genocida de la agresión israelí, de tal manera que los que hacen la guerra resultan ser hombres de paz. Nada de particular si se recuerda que para Bush también Sharon es “un hombre de paz”.

El problema es que mientras los verdugos hablan de paz para hacer la guerra y otros, para disimular la complicidad con los verdugos, para las víctimas, para el pueblo palestino no hay más paz que la de los muertos.