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Home Números publicados laberinto 6 Editorial: El derecho al trabajo y al libre movimiento de los trabajadores

Editorial: El derecho al trabajo y al libre movimiento de los trabajadores

Aparece el nº 6 de nuestro Laberinto después de que miles de inmigrantes hayan protagonizado un amplio conjunto de protestas, manifestaciones, encierros y huelgas de hambre contra la Ley de Extranjería del PP. La cuestión de la inmigración y de la necesidad o no de regularizar los flujos migratorios se ha convertido en un problema de primer orden para el conjunto de la clase obrera de nuestro país en los albores del siglo XXI.

Aunque el fenómeno migratorio se ha dado en todas las civilizaciones y es inherente a la historia de la humanidad, parece, a tenor de lo que se escribe y dice estos días, que fuera algo exclusivamente contemporáneo. Los flujos migratorios se vienen dando desde hace siglos y en cada época responden a factores económicos y sociopolíticos que han sido generados por relaciones de poder, situaciones bélicas, injusticias sociales, hambrunas, calamidades naturales,... Son esas razones, junto a la importantísima explosión demográfica y la erosión de la población agrícola del llamado Tercer Mundo, las que también hoy explican que aproximadamente un 2% de la población mundial viva fuera de sus hogares de origen. El aspecto realmente nuevo para un país como el nuestro, tradicionalmente de emigrantes, es la llegada masiva de inmigrantes pobres en busca de empleo y mejores condiciones de vida.

La migración llama a nuestras puertas y nos plantea interrogantes que sociedades como la nuestra nunca se habían planteado. Que exigen respuestas que ayuden a entender el nexo entre los actuales procesos económicos y las migraciones; a relacionar las migraciones de los pobres con las lógicas de especialización productiva internacional y desigualdades sociales que a todos nos afectan; a reducir las paranoias y miedos que este proceso genera; a reducir las tensiones que se crean entre los nativos más pobres y los recién llegados que pertenecen a una misma clase social y que objetivamente tienen los mismos intereses, al margen del origen de procedencia y de que el capital intente dividirlos y enfrentarlos obligándolos a competir.

Cuando se habla de inmigración algunos tienen mucho cuidado en ocultar quién provoca la miseria de la que huyen los emigrantes, y qué les lleva a jugarse la vida con frecuencia. Ocultan que la riqueza y opulencia de los estados imperialistas tienen su origen en unas relaciones de producción e intercambio que, con la colaboración de sátrapas y regímenes sostenidos en la mayoría de los casos por las grandes potencias, conducen a más de las cuatro quintas partes de la humanidad a la más absoluta miseria. Ocultan que determinadas confesiones religiosas, entre ellas la católica, se oponen por motivos de dogma al control demográfico en los países del Sur. Ocultan que las políticas proteccionistas de los bloques imperialistas están obligando al abandono de las prácticas agrícolas en países periféricos y con ello el desarraigo de su población,... Son pues la globalización capitalista, las relaciones de poder existentes y el orden económico internacional impuesto por las grandes potencias los que originan, hoy por hoy, los importantes movimientos migratorios. Pero, paradójicamente, los que provocan los ”flujos migratorios” y sus aliados son los que nos hablan de responsabilidad y de la necesidad de regular y controlar dichos flujos en función de las necesidades del mercado, y con el fin, dicen, de proteger a los ciudadanos de los países que eventualmente los acogen.

El derecho al trabajo y al libre movimiento de personas de la Declaración Universal de los Derechos Humanos quedan sacrificados o subordinados a los intereses del mercado y de la explotación capitalista. La clave para entender la importancia que se da al control de los flujos migratorios y la persecución e ilegalización de la inmigración “no controlada”, como un grave peligro para la estabilidad de nuestras “sociedades de bienestar”, se encuentra, como distintas instituciones e informes de expertos señalan, en la necesidad de fuerza de trabajo y la previsible escasez de la misma por la persistente caída de los índices de natalidad y el progresivo envejecimiento de la población de los países desarrollados. Esto está permitiendo utilizar a los inmigrantes para profundizar aún más en la desregulación de los mercados de trabajo y presionar en la bajada de los salarios. De hecho, es esa previsible escasez la que pondría en peligro la “competitividad” de las empresas debido al posible encarecimiento de los costes laborales. Y de ahí la importancia, en este nuevo orden, del control de los flujos migratorios con el fin de estabilizar los mercados laborales y servir de colchón amortiguador de los conflictos, habida cuenta las inhumanas condiciones de vida y carencia de derechos básicos de los inmigrantes. Habría que preguntarse en qué medida la migración no es  sino uno de los procedimientos que utilizan las clases dominantes para hacer sostenible su modelo social.

También desde sectores de la izquierda moderada se aboga por la aceptación del control de los flujos de inmigración como elemento básico de toda política migratoria. Aparentemente las razones aducidas desde esta perspectiva son claras: el temor a que los movimientos migratorios masivos desde los países pobres hacia los países ricos acaben por generar movimientos reactivos de tipo xenófobo o fascistoide en estos últimos. Se trataría de evitar así, entre otras cosas, una competencia por el acceso a bienes y servicios públicos escasos y mal dotados (empleo, guarderías, viviendas sociales,...) que afecta a los pobres (residentes tradicionales y recién llegados) y que explica, en parte, por qué las mayores “explosiones” de xenofobia y racismo abierto se producen en los barrios obreros. Las capas medias altas y los ricos simplemente los segregan de sus trabajos, barrios y lugares  de ocio, aunque desde la distancia y las tribunas de los periódicos algunos de ellos, “progres y liberales”, se compadecen y solidarizan cuando se producen brotes racistas más o menos violentos.

Sin duda no hay que ignorar el peligro de la xenofobia y el racismo, pero también es cierto que no puede construirse una cultura alternativa de izquierdas sin fijar un sistema de valores en el que se parta del derecho de todas las personas a cruzar las fronteras y a ser tratadas como iguales en derechos y deberes.

La aceptación de este imperativo legal como base de un discurso alternativo no es sólo retórica, es también política y social. Como decía la revista Mientras Tanto nº 80, hay que confrontar el dogma neoliberal de la libertad universal de movimientos de bienes y servicios, con sus propias contradicciones. No sólo para inducir movimientos morales favorables a los migrantes sino, especialmente, para mostrar que la única posibilidad de evitar los efectos negativos de estos movimientos implica la reconsideración de todos los demás. Que mientras existan unos flujos económicos existirán como contrapartida los migratorios que ciertamente pueden ser problemáticos. Y que las líneas de solución no pasan por poner barreras a las personas sino en dar pasos efectivos en el desarrollo de las condiciones sociales a nivel mundial, que convierta las migraciones en una cuestión de mera elección personal en lugar de un proceso de flujos estructurados por las enormes desigualdades económicas mundiales. De esta forma, es posible elaborar alguna propuesta de regulación que no descanse en la creación de una cultura de rechazo xenófobo sino en el reconocimiento de que todo proceso requiere unos plazos y unos ritmos adecuados.

En este sentido, hay que decir que la solución de prestar ayuda al desarrollo de los países periféricos para limitar el flujo migratorio, por la que en teoría abogan los gobiernos y ciertos sectores bien intencionados de nuestras satisfechas sociedades, tiene una clara connotación simplista, paternalista e incluso racista, porque: consiste en fijar en sus países de origen a los negros, moros,.. “buenos” y evitar la salida de los “malos” y peligrosos que amenazan la dolce vita europea. Esta concepción olvida que los focos de emigración ya no son sólo las zonas más desfavorecidas sino las capas urbanas más cualificadas; pierde de vista que la ayuda al desarrollo sólo puede servir de paliativo a la extrema pobreza, pero nunca puede convertirse en motor de un desarrollo que necesita soluciones estructurales. Es difícilmente concebible que las potencias imperiales, que no han erradicado completamente la pobreza en sus países, lo consigan fuera. No debemos engañarnos al respecto, hasta ahora la ayuda ha sido de los ricos de los países ricos a los ricos de los países pobres, y no parece por ahora que vaya a ser de otra manera. La mejor lucha contra la inmigración, ilegal o no, es dejar de explotar a los países del Sur y un orden mundial más justo. El resto es, como mínimo, hipocresía y fariseísmo.

Por otro lado, desde la izquierda no debemos ni podemos ignorar que cualquier proceso migratorio produce un impacto social, un choque entre la cultura autóctona y la extranjera que hace aflorar en mayor o menor medida sentimientos xenófobos y racistas que, aunque diferentes entre sí, trasladan la idea de superioridad de unos frente a otros. El aumento de personas provenientes de culturas del mundo afroárabe hacia Europa, motivado por la pobreza y agudizado, como decíamos antes, por la explosión demográfica y la erosión de la población agrícola en aquellos países, está poniendo a prueba nuestras ideas y creencias de libertad, igualdad y fraternidad debido al miedo al “otro”, al extranjero, al extraño, al que es distinto en lengua, costumbres, religión y etnia. Está surgiendo a nivel europeo un nuevo racismo o sutil xenofobia que afirma que todos somos iguales biológicamente pero que las diferencias culturales entre los distintos grupos son insalvables. Quienes esto defienden no postulan explícitamente la superioridad cultural de unos sobre otros, como hacían antes, sino que se aprovechan del pensamiento antirracista que defiende el derecho a la diferencia y a la diversidad cultural para asegurar que es imposible la convivencia entre culturas diferentes sin que se pierdan las señas de identidad en los países de acogida.

La discusión debiera centrarse en cómo organizar la convivencia entre la cultura mayoritaria de acogida y las culturas minoritarias de los inmigrantes. La integración parece la única solución posible para evitar graves conflictos y que el miedo al extranjero se traduzca en rechazo. Ahora bien, siendo cierto, como dice G. Sartori, que la integración se produce sólo a condición de que los que se integran lo acepten, si no, no. Tampoco se le puede pedir al extranjero un imposible, que sea igual a nosotros mientras que entre nosotros luchamos por ser diferentes, por resaltar nuestra individualidad dentro del grupo. En cualquier caso una sociedad plural, multicultural y multiétnica tampoco está libre de conflicto: ¿tienen que asumir los inmigrantes la civilización del país de acogida, pero no su cultura, y éste el derecho a la diferencia de los primeros?, ¿qué debe mantener cada uno de su propia identidad y qué deberán asumir de las otras?... Entre tanto, la actitud de la clase obrera autóctona debe ser la de apoyo incondicional a la ciudadanía de los emigrantes.

La inmigración plantea múltiples cuestiones a las que la izquierda debe responder y sobre las que tiene que reflexionar desde una opción de clase. Desde nuestro Laberinto quisiéramos ayudar y contribuir en ese proceso con la elaboración de un número monográfico sobre el tema que ya estamos preparando, y para el que nos gustaría que nos enviaseis vuestras colaboraciones.