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Editorial: Declive de la izquierda

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Aparece el nº 3 de nuestro Laberinto. Desde que vio la luz el nº 2 se han celebrado en nuestro país unas elecciones generales y autonómicas (en Andalucía) que, más allá de la victoria por mayoría absoluta parlamentaria del PP a nivel nacional con el 30% de los votos posibles, han reflejado un hecho importante: el aumento del número de votantes que se han abstenido, han votado en blanco o han anulado su voto. La diferencia respecto a los comicios de hace cuatro años ha sido de alrededor de diez puntos, y pocos ponen en duda que la gran mayoría de esos millones de ciudadanos que han decidido conscientemente no votar lo han hecho por no encontrar ninguna opción partidista, con posibilidades de algún éxito, que responda siquiera mínimamente a su ideología y al comportamiento exigible, interno y externo, de cualquier organización que se reclame meramente “progresista”, no ya de izquierdas. Sin embargo, aunque el Parlamento es definido como el reflejo de la voluntad popular no recoge esa realidad que debería significar mantener un tercio de sus escaños sin ocupar.

Se ha dicho que hubo casi tres millones de votantes que respaldaron en 1996 las candidaturas del PSOE e IU y que no lo han hecho esta vez. En realidad, y como señalan los analistas, han sido bastantes más, porque parte de los votos que ambas formaciones políticas han cosechado el 12-M procede de electores que por razones de edad es la primera vez que acuden a las urnas, de electores que votaron en 1996 a otras opciones, o de los que entonces se abstuvieron.

Como ha indicado Javier Ortiz en el nº 103 de Página Abierta, de los 9.426.000 votantes que apoyaron al PSOE en las anteriores elecciones, este partido ha conservado 6.782.000, ya que 506.000 han pasado a votar al PP, 146.000 a IU, 34.000 a CiU y 273.000 a otros partidos, en tanto que 1.685.000 han optado por abstenerse. Ha recibido, sin embargo, 187.000 votos procedentes del PP, 228.000 de IU, 20.000 de CiU, 49.000 de otros partidos, 104.000 de ex abstencionistas y 459.000 de jóvenes que han llegado a la mayoría de edad en los últimos cuatro años. Todavía más llamativo ha sido lo ocurrido con IU, a cuyos votantes suele atribuirse un supuesto mayor grado de “ideologización”. De los 2.640.000 votos que consiguió en 1996, ha conservado 969.000, ya que 228.000 han pasado a votar al PSOE, 90.000 al PP, 3.000 a CiU y 1.147.000 se han abstenido. Ha recibido, sin embargo, 146.000 votos procedentes del PSOE, 18.000 del PP, 3.000 de CiU, 13.000 de otros partidos, 14.000 de anteriores abstencionistas y 91.000 de jóvenes nuevos votantes.

Estos resultados, por más distorsionados que estén por efecto del control social, la propaganda oficial y el sistema electoral, reflejan cambios en la opinión de la gente y que no se ve por parte alguna una alternativa a las formaciones políticas que peor o mejor recogen aspiraciones sociales reales. Pero, en cualquier caso, la función de representación política, aunque importante para los profesionales del poder, tiende a tener un papel específico, valioso pero no central. Como decían las Notas Editoriales de la revista Mientras Tanto nº 75, pp. 3-10, más grave es que la hegemonía de la derecha no se produce sólo, ni de forma exclusiva, en el ámbito político, sino que tiene lugar en una enorme variedad de centros de influencia, universidades, fundaciones, medios de comunicación, instituciones de ocio,.., que actúan teóricamente de forma independiente, pero que por interacción y acumulación acaban influyendo en las percepciones sociales y en el propio ámbito político. El declive de las opciones “de izquierda”, pues, no es sólo electoral. Es en parte la traducción de una importante pérdida de presencia social. No sólo de presencia en la vida cultural y mediática, sino también en la vida cotidiana de miles y miles de personas. El tejido asociativo de izquierdas es a todas luces precario, y, lo que resulta más sintomático, muchas de las personas activas en esos movimientos no forman parte ni se reconocen en la izquierda que pretende representarlos. Y, más aún, es manifiesto que en bastantes casos los partidos organizados han absorbido cuadros de esas organizaciones sociales en lugar de ayudar a reproducirlos.

Las razones de todo ello son sin duda complejas. La debilidad de la izquierda, como dice Mientras Tanto nº 75 en su editorial, refleja en parte la crisis de un proyecto, la incapacidad de dar respuestas a los cambios experimentados en los últimos años. Es en parte el resultado de la crisis social que han generado las transformaciones de la base productiva. Y es también un producto de una concepción organizativa clásica que resulta incapaz de generar una sociedad civil alternativa. Detrás de la crisis de la izquierda está también la ausencia de un proyecto alternativo al capitalismo. No sólo la ausencia de un proyecto viable de sociedad postcapitalista. Ni siquiera una propuesta sólida de alternativa reformista al neoliberalismo, del tipo que en algún momento representó el keynesianismo. Todo ello quita crédito a muchas de las propuestas de la izquierda a corto plazo. Y esa ausencia de crédito se refuerza por la ausencia de una clarificación sobre el pasado y la construcción del futuro. Un pasado del que hay que salvar la aspiración igualitaria, democrática y radical que está en el trasfondo de toda la lucha del movimiento obrero, rechazando las soluciones basadas en la confianza ilimitada en la capacidad de una minoría dirigente que gestiona centralmente el conjunto de la sociedad.

Lo que viene ocurriendo nos afecta a todos los que nos movemos en ese territorio poco confortable de la izquierda. Es decir, a todos los que pretenden de verdad transformar la sociedad en un sentido más justo y solidario. Como señalaba Ferran Gallego en El Viejo Topo nº 131, p.20 y sgts., la cultura de fin de siglo, la que ha seguido a la crisis del socialismo real, está trenzando una implacable soga con la que se pretende ahorcar cualquier asomo de rearme moral de la izquierda. Y, a medida que no se dan respuestas concretas, algo más que meros discursos globalizadores, las cosas van a peor, hasta amenazar con instalarnos en un reducto. La izquierda viene sufriendo, al menos desde la caída del Muro de Berlín, una derrota cuya envergadura no ha sido convenientemente digerida. Hemos sufrido una derrota cultural demoledora, que no sólo ha expresado las dificultades o la crítica feroz a una vía determinada de construcción del socialismo, sino la aceptación generalizada de que no existe anticapitalismo posible y necesario,( y que algunos lo han metabolizado señalando que nuestros enemigos no sólo tenían la fuerza sino también la razón, otros creemos que la izquierda ha guardado un silencio cómplice que le hace muy difícil construir sus críticas a los criminales que sojuzgaron a pueblos enteros y envilecieron los ideales del socialismo, y la gente inconscientemente nos identifica con ellos, a pesar de nuestra crítica y condena, porque la disección que de ese proceso se ha hecho ha sido muy escrupulosa y la derecha lo aprovecha). Hemos perdido legitimidad incluso en aquello que podía hacer a la izquierda aceptable para sectores que no padecían directamente la explotación más dura del sistema: la capacidad de denunciar las injusticias y la coherencia entre su discurso y la práctica. Lo grave, añadía Ferran, no es que estemos desorientados, lo grave es que estamos desacreditados ante sectores objetivamente “nuestros” que piensan que la razón de ser de la izquierda, esto es, el proyecto socialista o comunista es indeseable e imposible. Ninguna propuesta puede causar mayores sufrimientos que los que quiere corregir, y el movimiento comunista lo ha hecho. Y esa carga pesa más en la conciencia de la gente que todos los sufrimientos que , probablemente, el comunismo ha conseguido evitarle al mundo (vg., que el fascismo se convirtiera en la forma natural de organizar las sociedades capitalistas). Por otro lado, no hemos sido capaces de resguardar la hegemonía que tuvimos en los sectores populares durante generaciones. Hemos sido incapaces de conservar una trama cultural que, durante dos siglos, ha protegido de la inclemencia de los malos momentos la bondad de nuestras ideas.

La izquierda transformadora, como ha señalado Joaquin Sempere en Mientras Tanto nº 74, pp. 22-30, tiene una responsabilidad respecto a los miles de personas que rechazan pasiva o activamente, aunque no siempre de forma “política” las ideas y actitudes de la derecha: la responsabilidad de fomentar la resistencia, articularla, tratar de darle oportunidades de expresión intelectual y ofrecerle una expresión política, tanto institucional como no institucional. Y una izquierda que pretenda cambiar esta sociedad y no adaptarse resignadamente a sus injusticias sólo puede prosperar sobre una amplia base social movilizada. Los problemas siguen ahí, duros e insoslayables. Y aunque no está claro que en nuestras sociedades exista esa base social con objetivos claros y dispuesta a movilizarse, la movilización dependerá, como hasta ahora, de la voluntad de aquellos hombres y mujeres conscientes que no están de acuerdo con el estado de cosas existentes. La recuperación de la izquierda sólo puede producirse, aunque sea a medio o largo plazo, si se vence en el terreno cultural. Una batalla que debe llevarse en el terreno de las ideas, pero también en su aplicación práctica, y para la que hacen falta instrumentos de los que hoy carece la izquierda. No se está en la izquierda sólo por declararse en ella, sino por llevar a la práctica sus principios.