Revista Laberinto

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Editorial

El 10 de mayo, en su discurso ante la Reserva Federal (FED), Ben Bernanke, afirmaba que no habían detectado nuevas burbujas financieras y que permanecían vigilantes ante esta contingencia. El 17 de julio, en el marco del encuentro del Comité de Mercado Abierto (FOMC), afirmó que esperaban poder desacelerar su programa de compra de bonos en manos de las multinacionales -hasta 85000 millones al mes- a partir de mediados de 2014, aunque sin cerrar la puerta a retomar esa senda nuevamente. El 18 de septiembre, este organismo anunciaba, por sorpresa, que seguiría comprando títulos hipotecarios a un ritmo de 40.000 millones de dólares mensuales, y bonos del Tesoro de largo plazo por 45.000 millones de dólares mensuales, manteniendo los tipos de interés por debajo del 0,25%. La reacción de las bolsas internacionales fue de euforia. En Wall Street las pérdidas se convirtieron automáticamente en ganancias, alcanzando el índice S&P 500 un máximo histórico. También las bolsas europeas subieron, con el IBEX 35 alcanzando su máximo en lo que llevaba de año. ¿Estamos pues ya en la senda de la salida de la crisis a nivel internacional o por el contrario esta política está contribuyendo a generar nuevas burbujas de consecuencias todavía más desastrosas que la pasada? De este peligro avisó la presidenta del Banco de la Reserva Federal de Kansas, Esther L. George que fue la única que votó en contra de la continuidad de esta línea (mientras Bernanke y otros ocho miembros votaron a favor) al señalar que «aumentaban los peligros de desequilibrios financieros y económicos». Porque esas inyecciones masivas de capital no han frenado el crecimiento de la miseria y el aumento del paro y sólo han contenido de forma temporal el desastre, generando las condiciones para nuevas burbujas, mayores aún que las que estallaron en 2007.

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