Revista Laberinto

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La cuestión nacional: Rosa versus Lenin

 De entrada, podría decirse que para el pensamiento marxista, por definición internacionalista, los nacionalismos y la exacerbación nacionalista no pueden ser sino una desdicha a erradicar. Tras el optimismo histórico de Marx en la debilitación del fenómeno nacional, la II Internacional Socialdemócrata se enfrenta al vertiginoso auge de los nacionalismos en la Primera Guerra Mundial de 1914.  La resolución favorable a la autodeterminación nacional, decidida por el Congreso Internacional de Londres (1896), no impidió que coexistieran varias posiciones, desde las que reproducían esa resolución en su programa, caso del marxismo ruso, hasta las que, como la de Rosa Luxemburg, la rechazaban, en nombre del “internacionalismo integral”, pasando por la teoría autonómica de la “autonomía cultural-nacional” sostenida por la socialdemocracia austriaca.

Esta diversidad de posiciones estaba en relación con  su tiempo. A comienzos del siglo XX y en vísperas de la Primera Guerra Mundial, la cuestión nacional era todavía un problema típico de las revoluciones burguesas en la Europa Central y Oriental, dada la pervivencia de los imperios dinásticos: la monarquía Austro-Húngara y la archirreaccionaria autocracia zarista en Rusia. Eran los llamados “Estados de composición nacional heterogénea”, en la terminología del máximo teórico de la Segunda Internacional, Karl Kautsky, si bien en comparación con el atraso y la brutalidad de la rusificación en el Imperio Zarista, el Imperio Austro-Húngaro trataba de ser un Estado moderno y supranacional, de cara a evitar su desintegración.       

En ese contexto, destaca el “reparto del trabajo” en la controversia entre Rosa Luxemburg y Lenin, en  cuanto que Rosa sostiene los argumentos de rechazo, desde la nación oprimida, y Lenin, por el contrario, el sentido positivo del derecho a la autodeterminación nacional, desde la  nación opresora, en lucha conjunta contra la autocracia zarista. En esa cuestión a dos (entre nación oprimida y nación opresora) que es la cuestión nacional, Lenin era bastante menos severo con el ofuscamiento ante la desdicha nacionalista, desde la nación oprimida, sin aceptarlo de ningún modo desde la nación opresora. Lenin se atiene al lema revolucionario de que no pueden ser libres los pueblos que oprimen a otros pueblos, conforme a los escritos de Carlos Marx y Federico Engels sobre la materia. Por eso destaca más si cabe, en el pensamiento de Rosa, esa posición inflexible, basada en la consideración utópica e ilusoria de la autodeterminación nacional bajo el capitalismo, frente a toda la evidencia que suponen los procesos de creación de Estados nacionales por un lado, y de los argumentos de autoridad de Marx y Engels, a los que -con algunas salvedades- Rosa considera caducados.   

Esta posición inflexible y hasta enigmática de Rosa,  la biografía de J.P. Nettl, nos dirá que “se sitúa  en el extremo de la tentativa que pretende hacer operativo el concepto marxista de clase como dato social clave y terminar de una vez para siempre con el viejo y estrecho concepto de nación”. Sin embargo el doble problema que se plantea: el concepto objetivo de nación y el concepto de nación que tiene Rosa Luxemburg. En  un sentido opuesto, ha llegado a tildarse la posición de Rosa de “demencial”, pese a que dicha  posición no era meramente personal, sino compartida por buena parte del  partido revolucionario, la socialdemocracia de Polonia y Lituania,  que ella contribuyó a crear y dirigir. Pero en las explicaciones de esa posición partidaria, tampoco ha faltado el hincapié en el origen judío de aquella militancia revolucionaria, dando entrada a la condición apátrida,  que casaría con la célebre afirmación del Manifiesto Comunista: “Los obreros no tienen patria”. Aunque asimilar esta frase sin más a un “internacionalismo integral”, tan sólo puede ser a costa de ignorar otras indicaciones impresas en el Manifiesto y otros escritos de Marx y Engels.

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