Revista Laberinto

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Algunas sugerencias sobre el significado actual de libertad

En el ámbito de la vida política de cualquier país se emplean comúnmente una serie de locuciones cuyos significados damos -irreflexivamente- por unívocos y universalmente aceptados de forma positiva. Desdichadamente, en la práctica, es fácil constatar que esas significaciones no coinciden de un individuo a otro, ni tampoco gozan de tal nivel de acogida; para comprobarlo basta algo tan simple como hacer una pequeña encuesta a las personas de nuestro entorno más próximo u observar cualquier programa de debates en radio o televisión; si acaso nos mueve un interés más formal (académico, etc.), nos convenceremos de ello investigando la disparidad de criterios que muestran los autores que se dedican a escribir sobre estos temas.

En el día a día de las relaciones con las otras personas podemos llegar a tener la impresión subjetiva que todos pensamos de la misma manera en lo referente al significado de lo que sea democracia, igualdad, justicia... libertad. En la práctica, al discutir sobre dichos temas, cuando cada cual ve cuestionada su visión de lo que sea el mundo y la realidad sobre la que descansa la consecución de sus intereses, dichas significaciones (supuestamente semejantes) comienzan a diferir en la misma medida que divergen nuestros proyectos vitales y nuestros weltanschaungs.

Por otro lado, los políticos, comunicadores sociales... y, en general, todos cuantos se dirigen a los demás, no entran a precisar qué quieren decir cuando hablan de democracia, igualdad, justicia... libertad. Realmente, si tuviesen que definir en cada ocasión lo que entienden por cada uno de esos términos, cualquier discurso sería impracticable. No obstante, también es cierto que no hacerlo supone aprovecharse del cómodo juego de las presuposiciones. Es decir, de esa manera pueden construir discursos en los que, al no descender en las definiciones de ninguno de estos vocablos, confían que cada cual dará por sentado que él se está refiriendo a lo que cada uno entiende, o desea entender, por esas palabras (aunque, de hecho, los significados completos -y no explícitos- del hablante pueden ser diametralmente opuestos a los de algunos, o muchos, oyentes). Con ello, sin comprometerse, pueden captar las simpatías (inmerecidas) del mayor número de electores, oyentes, amigos, etc.

Tampoco podemos olvidar que democracia, igualdad, justicia... libertad son conceptos de los que, en la mayoría de los casos, sólo tenemos unas ideas generales, vagas ..., casi siempre idealizadas, quiero decir mitificadas, y de las que, como ocurre con el concepto tiempo, sabemos en qué consisten a condición que no nos obliguen a definirlas verbalmente.

Por todo ello se hace preciso desenmascarar ciertos intencionados equívocos muy extendidos en nuestra sociedad. Se trata, por ejemplo, que pensamos que somos libres porque no hay leyes que nos impidan -es un decir-  acceder a ningún bien económico, pero -de hecho- sabemos que la mayoría tiene unos recursos muy escasos que limitan grandemente sus posibilidades de consumo. El problema está en que no consideramos que esto sea una limitación política, pero  ¿acaso no es el sistema político-legal el que propicia con fuerza determinante la distribución de la riqueza? Por ello habría que decir que el sistema político (que se dota a sí misma cada sociedad) es también un factor muy importante a la hora de la creación de las alternativas posibles de elección, pues es éste, precisamente, el ámbito donde es posible ejercer -de facto- la libertad.