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Sobre la actuación de los revolucionarios en los sindicatos

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En principio, estoy plenamente de acuerdo con Ángel Velasco, pero creo necesario hacer algunas matizaciones. [Al artículo Sobre el “deben actuar los revolucionarios en los sindicatos reaccionarios” y su aplicación actual, publicado en Rebelión el 5 de marzo].
 
Lo primero que creo que hay que tener en cuenta es que los sindicatos con los que lidiamos ya no son aquellos “sindicatos reaccionarios” de los tiempos de Lenin. La situación que se ha creado es muy diferente de aquella. Para empezar, CC OO nace como un sindicato de orientación comunista. Bien es cierto que en el Congreso de unificación que se celebró en Barcelona para marcar el destino de la Comisiones Obreras, hubo sus más y sus menos, y mucha resistencia a formar con ellas una central sindical. Según las crónicas de los oponentes, la formación y la disciplina de los comunistas fue la que los colocó en mayoría, aunque hubo bastantes deserciones. Sea como fuere, desde entonces, para todos los medios de comunicación, CC OO fue el “sindicato comunista” mientras que UGT fue el socialista.

Así pues no podemos, en principio, tildar a CC OO de “sindicato reaccionario”. El proceso que se ha desarrollado en CC OO es bastante más complejo y merece un análisis mas detenido.

Brevemente, tengo que detallar mis experiencias personales en CC OO, pues es de la observación directa y la participación de donde extraigo los argumentos para mi análisis.

Yo trabajaba (mi profesión es electricista) en Alemania durante la transición. Volví a España en 1974 y de inmediato me afilie a CC OO. Después de algunos tropiezos con empresas de medio pelo en Barcelona, estando en el paro recibí del INEM la invitación para acudir a una entrevista con enviados de la GM que en aquel año estaba montando la Planta de automóviles en Zaragoza. Empecé a trabajar allí en 1982, en 1985 fui elegido Delegado Sindical y en 1900 dimití voluntariamente sin por eso abandonar el sindicato. Allí trabajé hasta 2002 (es decir, 20 años en total) hasta la jubilación.

En la Sección Sindical pululaban no menos de 5 grupos comunistas: El PCE, que enseguida se dividió en Aragón entre “carrillistas” -que controlaban el aparato-, y renovadores; la Liga Comunista Revolucionaria, con Ramón Górriz a la cabeza; el Movimiento Comunista; y, el PCPE, que tenía un representante.

Desde que inicié mi andadura de Delegado Sindical empecé a ir de sorpresa en sorpresa. Ya en la primera reunión a que asistí con la Dirección de la Empresa me quedé pasmado al ver a los confesos comunistas escuchando las peroratas del Jefe de Personal dándonos consejos sobre como teníamos que hacer el sindicalismo, subido en un escenario, paseando de un lado para otro como un showman. Y lo más sorprendente es que nadie le interrumpía ni le llevaba la contraria. Había como una atmósfera de respeto hacia los superiores. Y, como ya he dicho, todos comunistas de golpes de pecho. Como es natural, yo me insurgí contra aquello, el Jefe de Personal se enfadó y mis compañeros callaron. En esa y sucesivas reuniones, constaté que apelando al recurso de mantener las reglas de urbanidad, la representación de la empresa mantenía la iniciativa del principio al final de toda reunión.

Reflexionando sobre ello llegué a la conclusión de que Adolfo Suarez, al aceptar la regla (sagrada en Alemania) de mantener la “autonomía de las partes” lo que hizo fue poner a los incipientes y bisoños sindicalistas a los pies de los caballos. Estaban curtidos en la lucha callejera y se jactaban de haber corrido delante de los grises, pero legalizados los sindicatos, en una sala, reunidos con la plana mayor de una empresa estaban como el pez fuera del agua. En mi opinión, desde un punto de vista llamemos “progresista”, los sindicalistas necesitaban un período de adaptación al nuevo entorno, con una legislación laboral que les diese un mayor apoyo por parte del Estado. Ni que decir tiene que esto no estaba en los planes de Adolfo Suárez 

Profundizando un poco más, aventuré la hipótesis de que la ideología, que penetra por las lecturas al intelecto, no afecta a los hábitos ancestrales de la relación entre el pobre y el poderoso. No encuentro otra explicación para el hecho de que esos comunistas, confesos y orgullosos de serlo, se comporten de esa forma. Ya desarrollé esto en un articulo que publicó Rebelion, titulado La firma de CC OO y UGT del “Pacto Social”, vista desde otro ángulo.

Para las líneas de producción la empresa contrató personal de Zaragoza y los pueblos de alrededor, Naturalmente, en los primeros años, con una plantilla que, en su gran mayoría no había tenido en su vida contacto alguno con los sindicatos, la postura más combativa de CC OO le atraía a los trabajadores más sensibles a la explotación, que se sentía en la exigencia de trabajar más y más deprisa (la contratación en los primeros meses se hace con cuentagotas, a medida que se va saturando la carga de trabajo y acelerando la velocidad de la cadena de montaje) lo que da como consecuencia que la resistencia se vaya extendiendo. Así, se produce una especie de “selección natural”:  CC OO capta el voto en las elecciones y la afiliación entre los sectores de la fábrica donde más se sufren las consecuencias, y se manifiesta mayor rebeldía, mientras que a UGT se acercan los resignados por naturaleza, los más individualistas, que buscan un apoyo para sus deseos de ascender o lograr un mejor puesto de trabajo. Una división natural, que todo sindicalista combativo tiene que mantener a toda costa. La propia política de la empresa, de sacar cada día más coches de la línea con el mismo personal, juega a favor del sindicalismo combativo.

Pero todo eso se fue al garete al final de los años 80, cuando la nueva línea patrocinada por Gutiérrez se fue consolidando. La inauguración de la “unidad de acción”con UGT se vivió en la GM, y supongo que en otras empresas también, simplemente como la claudicación de CC OO a la línea tradicional de UGT. Usaba el lema a su conveniencia, nunca para consultar con CC OO para cualquier acción, sino solamente cuando quería dar un toque de atención a los delegados de CC OO que se salían de madre. Siguieron reuniéndose a solas con la empresa en todo lo que querían conseguir, principalmente en las vísperas de la negociación de un Convenio, para trazar la estrategia a seguir.

Poco a poco fue tomando cuerpo la nefasta idea de que la negociación es lo “normal” mientras que la confrontación es una alteración de la normalidad, que no es deseable porque además de alterar el clima de trabajo, produce, en caso de movilizaciones y huelga, un perjuicio mayor para los trabajadores que para la empresa. Eso se lo he oído mil veces al cabecilla de UGT en la fábrica. Entre los comunistas de CC OO aún coleteaba la idea de que la huelga es deseable por ser una escuela de solidaridad entre los trabajadores. Incluso Górriz decía que no se podía aceptar un Convenio para más de un año porque eso adormecía a los trabajadores, que tenían que luchar todos los años.

Ni que decir tiene que este cambio de rumbo de CC OO llevó al desánimo a los sectores de trabajadores que apoyaban su política sindical. Porque sea cual fuera la actitud que tomen los sindicatos, los empresarios no bajan la guardia ni por un momento, y eso lo sufren los trabajadores en sus carnes a diario, empujados a rendir más y más, sin que nadie le vea el fin. Como consecuencia, las asambleas de afiliados se fueron vaciando. De 100 a 120, que conseguíamos reunir en los comienzos, pasaron a ser, de media, 40 a 50 asistentes. También se reflejó en los resultados de las elecciones sindicales. En 1988 apareció una nueva candidatura, de la CNT, que se llevó muchos votos en detrimento de CCOO.
 
Veamos ahora como queda la tesis de “entrar en esos sindicatos para cambiarlos por dentro”, uno de los caballos de batalla de los trotskistas, que la he escuchado mil veces de la boca de Ramon Górriz. Él y Tojo, de su mismo Partido, son los que dirigen hoy el sindicato. Luego, los que han cambiado son ellos, y si ha cambiado el sindicato ha sido para peor. El viernes 4 de marzo el diario Público aporta un artículo escrito por Górriz y Toni Ferrer, de UGT, titulado Por qué queremos reformar la negociación colectiva, que es un auténtico recetario de la tan denostada por el trotskismo “colaboración de clases”. En aquellos años 80, Górriz, con el puño en alto, y en tono exaltado gritaba en las asambleas generales durante las negociaciones de los convenios: ¡¡La fábrica es nuestra!!

Estas metamorfosis eran desconocidas para Lenin, de ahí que se torne necesario anticiparse a estos procesos y desenmascarar a ese tipo de individuos antes de que asciendan. A mi no me engañó ni un momento, desde que le eché la vista encima lo vi venir. Pero es porque yo ya entré con 45 años de edad y muchas experiencias en las espaldas. Pero el hecho es que aún hoy, hay trabajadores en la GM que siguen diciendo: Aquí hacía falta otro Górriz.

Se entiende que “entrar en el sindicato para cambiarlo” solo puede materializarse, siguiendo las normas democráticas del sindicato, en forma de una corriente interna,  que crezca y pueda dar la batalla en los Congresos para adquirir poder dentro del aparato. No hay otro medio, ni antes ni ahora..

Y aparece la pregunta del millón: ¿Es eso posible?

He asistido a tres Congresos, dos regionales de Aragón y al I Congreso Minerometalúrgico que se celebró en Barcelona en 1995. Además he hecho un estudio de los Documentos de los 3 últimos Congresos Confederales, y envié mis conclusiones a los compañeros de CC OO de toda España con los que tomé contacto en el citado Congreso de Barcelona, antes de que se celebrasen.

De un lado, los textos, de los que quiero destacar el hecho de que desde 1995 ha desaparecido de todos ellos la palabra “capitalismo”. Repito la búsqueda con “clases sociales” y recibo la misma respuesta: “No existe el elemento buscado”. Lo mismo me sucede con “socialismo” y, como era de esperar, con “lucha de clases”. “Intereses contrapuestos” aparece solamente una vez. “Capitalismo” solo aparece en los Estatutos, una reliquia que se da de patadas con el resto de los documentos y se mantiene como una especie de mito, como aquella galería de antepasados que adornaba los pasillos de los palacios de los nobles. El engendro es una interminable sucesión de propuestas y “apuestas por” que acaba agotando al lector más paciente.

De otro lado, la atmósfera de los Congresos, marcada por las intervenciones, (y sobre todo, las conversaciones de pasillo) que dejan ver con claridad que todo está atado y bien atado, que se sabe de antemano los votos que va a sacar cada facción, y si salta la sorpresa, en forma de alguna figura respondona, ya existe preparado el antídoto para silenciarla. 

Ésta es la cruda realidad, que los defensores del llamado “entrismo” ocultan a sus fieles. De esta forma, hay que llegar a la conclusión de que ese lema no es más que un adorno personal para medrar dentro del aparato, que es lo que han conseguido los “entristas” en CC OO.

Uno se pregunta: ¿Qué es lo que hay aquí? ¿Un exceso o un déficit de ideología? Quizás el hecho de que se apoderaran de CC OO, en aquel Congreso de Barcelona, el PCE, lastrado por el sectarismo, así como las otras corrientes comunistas que crecieron durante la transición, esté en el origen de todo esto que ha sucedido después; transromado el sindicato en un campo de batalla de diversas facciones.

Voy a ilustrar esto con un ejemplo. Conocí en Zaragoza a un militante del Movimiento Comunista más abierto y accesible que el resto. Trabajaba en una fábrica de vidrio. Un buen día, me encuentro con él y me dice que ha pedido la cuenta en la fábrica y se va a dedicar a trabajar en el despacho de abogados que tenía el MC. Me confesó que la fábrica no era lo suyo y no se sentía bien entre los obreros. Que se había dejado llevar por la onda, muy común entre los activistas durante la transición, de que hay que estar en una fábrica porque el proletariado es el sujeto revolucionario. Esto era, en esencia, lo que movía a Górriz y otros más de los que me rodeaban, que nunca antes habían pisado una fábrica. Entraron con mucho entusiasmo, creyendo que los trabajadores acogerían con entusiasmo sus lecciones “marxistas”, y poco a poco, el contacto diario con los trabajadores de carne y hueso les llevaron de una en otra decepción. Incapaces de reciclarse y poner en cuarentena sus creencias -optando por mantener la cohesión entre los trabajadores más avanzados, aunque eso significase una rebaja de sus aspiraciones-, lo que hicieron fue lanzarse en una huida hacia delante, a una especie de ¡sálvese quien pueda! que les llevó a la lamentable situación en que se encuentran hoy.

Cuando me jubilé empecé mi andadura en los sindicatos alternativos. Concretamente en la Intersindical de Aragón, que agrupa al CUT de Tuzsa, al TIB (trabajadores Independientes de Balay) y otros más. Esto me ha permitido asistir a los Encuentros Sindicales que se celebran periódicamente y a los que asisten varios sindicatos de Cataluña, Andalucía, Galicia, Valencia, Asturias, Valencia, etc. y tomar el pulso a todo este movimiento sindical alternativo que ya cuenta con más de 200 asociaciones (unas pequeñas, a nivel de fábrica, otras a nivel de región o Comunidad Autónoma).

De mis experiencias en estos sindicatos me ocuparé en un próximo artículo. Aquí solo quiero puntualizar que el problema que enfrentamos no se puede enfocar partiendo de lo que dijo Lenin o cualquier otro, sino del particular desarrollo de nuestro sindicalismo, principalmente, a partir de los años 70.