Revista Laberinto

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Tiempos de barbarie

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Está surgiendo, de la mano de estudiosos de Marx, un nuevo ángulo de visión de sus trabajos. Siendo como son, un cuerpo vivo, es más que evidente que no pueden sustraerse al paso del tiempo, al devenir de la historia, que crea situaciones nuevas y coloca nuevos interrogantes. El debate entre economistas e intelectuales de izquierda está girando en España alrededor de un extenso trabajo de Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, que tras una elaboración que ha durado más de diez años, ha salido a la luz con el título “El orden de El Capital”. (Ediciones Akal) de 650 páginas. La web “Rebelión” ya ha publicado diversos comentarios y críticas, algunos de los cuales han sido respondidos por los autores.
Tratándose de una obra tan extensa, de la cual apenas llevo leídas 120 páginas, no puedo todavía establecer conclusiones globales sobre el valor intrínseco de esta obra, en otras palabras, si nos impulsa hacia adelante, nos lleva (o intenta hacerlo) hacia atrás, o nos deja donde estábamos.

En principio, los planteamientos iniciales me han despertado gran interés. Me han hecho recordar la época, 45 años atrás, cuando me entregué intensamente a la lectura de Marx y despertó mi interés hacia los más relevantes filósofos, desde Aristóteles hasta Hegel. Me han hecho recordar, principalmente, porque ya en aquellos años me atraía mucho el desarrollo del proceso de conocimiento, desde la simple percepción de algo a través de nuestros sentidos hasta la formación de un concepto acabado de la misma, lo que Hegel desarrolla in extenso en la “Fenomenología del Espíritu”, machacando sin piedad el empirismo considerado por muchos filósofos como el medio ideal para “descubrir” lo que nos rodea.

De esto tratan los primeros capítulos del libro de Liria y Zahonero. Se acusa a Marx de inventarse la ley del valor, porque, por decirlo de manera zafia, los productos que se cambian en el mercado no llevan la inscripción del tiempo invertido en su fabricación. No se quiere entender que la ciencia no puede guiarse por la apariencia de una cosa, sino que tiene que partir de un esfuerzo por elevarse en grados de abstracción (no determinados por nosotros, sino como exigencia de la propia cosa) para llegar a lo concreto. Reactivada la memoria, he recordado que ya Marx, no recuerdo donde, afirma que la economía no tiene aparatos de ensayo (como la física, la química o la matemática) con los que se pueda corroborar en cualquier momento la verdad de una afirmación o un teorema y que solo la especulación (en su sentido original, como observación atenta) es la que puede llevarnos a descubrir la verdad de la cosa. La dimensión y profundidad de sus estudios y descubrimientos llevan estos autores a establecer un paralelismo entre sus aportaciones a la ciencia con Galileo Galilei.

Creo que la intención de los autores es sacar la obra de Marx de esa especie de cárcel (conceptual y epistemológica) en la que le introdujo la burocracia soviética por medio de la Academia de Ciencias de Moscú, enlatada y distribuida por todo el mundo por la Internacional Comunista: Los años de hierro que yo he vivido debieron ser muy semejantes a los que vivió Galileo, cuando cualquier desviación de la doctrina oficial impartida por la IC era de inmediato considerada como revisionismo, lo que te condenaba al ostracismo dentro del mundo de los comunistas. De lo que se trata hoy es de abrir las ventanas para ventilar la casa.

Para los autores, Marx parte del republicanismo y del proyecto político de la Ilustración,  la Democracia con mayúsculas, tempranamente abortado en la Revolución Francesa con el ajusticiamiento de Robespierre y el golpe de Estado de Thermidor.  

El advenimiento del capitalismo altera de inmediato el carácter original del concepto “democracia” o, dicho de otro modo, aplica esa palabra a un cierto estado de cosas. El primer párrafo de “El Capital” reza así: “La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un “inmenso arsenal de mercancías” y la mercancía como su forma elemental. Por eso nuestra investigación arranca del análisis de la mercancía.”

Para el capitalismo, esa es la esencia de la democracia, del Estado de Derecho, la esfera del mercado, donde los hombres se mueven libremente para intercambiarse sus productos. La existencia o no de esa libertad en la esfera de la producción no cuenta para nada. Y así lo ha entendido en los últimos dos siglos hasta hoy. El capitalismo no quiere reconocerse en el espejo que Marx le pone delante porque se considera a sí mismo como la única sociedad posible, con el mercado como fundamento de la libertad individual y del Estado de Derecho. Incluso no le importa nada si ese “mercado” ha perdido sus valores iniciales y ha ido adquiriendo ese carácter selvático que hoy lo caracteriza. Nada tiene de extraño ni de aberrante (si no es partiendo de otros principios que los suyos) que haya amparado y protegido e incluso impuesto a sangre y fuego, regímenes como los de Pinochet, Suharto, Mubarak, Somoza, Lobo, los sátrapas de Arabia Saudi  y tantos otros en los que el sacrosanto mercado no ha sido puesto en cuestión. Solamente demoniza a los que intentan escapar de la dictadura del mercado, recuperando los valores iniciales de la democracia, y, para mayor escarnio, en nombre de su propio y aberrante concepto de la misma.

Recuperar esa democracia original viene a ser lo que plantean los autores del libro.