Revista Laberinto

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Otra historia del flamenco: Epitafio

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Dios ha muerto. Nosotros, los capitalistas, lo hemos matado. No lo parece porque una estrella muerta sigue presente mucho tiempo en su luz, que es a la vez ella y no lo es. El flamenco, como dios, ya sólo existe como luz. Que se apague es cuestión de tiempo. Aunque siga habiendo sotanas, taconeos, beatos y cantaores. El advenimiento de su hijo, que muchos reconocen en Camarón, es el último recurso que le queda a un dios moribundo: el cristo crucificado. José, en la cruz del artista profesional que disfruta del capitalismo y que es un gitanito de San Fernando que cantaba como hay que cantar.

Por la casa de los Monge pasaban Antonio Mairena, Caracol y otros grandes cantaores. La muerte de su padre cuando era pequeño le hizo empezar a ganarse los cuartos con el cante desde los siete años. El flamenco huele demasiado ya a púlpito y sacristía y muy poco a catacumba. Como dice Morente, “el flamenco es un arte de profesionales”. Eso es reconocerlo abiertamente: el flamenco-como-dios ya murió, ¡larga muerte al flamenco-como-mercancía!

La muerte de Dios en Nietzsche es la muerte de la ciudad-estado, como verdadera religión, la muerte de una democracia que establecía exclusiones y las expresaba de manera literal. Detrás de la añoranza de la ciudad antigua lo que hay es la, para muchos antipática, reivindicación de la fuerza y de la expresión sin dobleces del dominio que Nietzsche defiende. A una burguesía que nos iguala de boquilla, Nietzsche se le rebela simplemente por mentirosa, por ir contra la vida, por oscurecer la verdad de la lucha y de la dominación. Al nihilismo le lleva la imposibilidad de la vuelta a la ciudad-estado, debido a fuerzas bastante más poderosas que una transmutación de los valores. Este camino al nihilismo ha sido compartido con las diversas tendencias anarquistas pequeño-burguesas, siendo difícil señalar el partenaire más romántico.

Si existe alguna fuerza social que pueda cumplir los requisitos de Nietzsche ésa es el proletariado: es la única fuerza que establecería las exclusiones necesarias para que haya, si no un Dios, una religión. Una fuerza social que, además, entiende y expresa el proyecto político de su dominación respecto a los explotadores con el nombre de dictadura. Que Nietzsche ignorara el carácter de clase de la lucha y de la dominación política, y no de meros grupos o sujetos, es algo difícil de creer. Romanticismo y nihilismo. ¡Cómo no ser nihilistas con el flamenco si pasó de Dios a Patrimonio! ¡Cómo no ser romántico viendo la luz de una estrella que ya no la dará nunca más!