Revista Laberinto

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Home Números publicados laberinto 15 Brecht:¿Un clásico?

Brecht:¿Un clásico?

Quisiera comenzar reconociendo que yo no soy un especialista en Brecht, ni, mucho menos, un teórico marxista, en una doble faceta -ni teórico ni, por extensión, teórico marxista, salvo devoto de la facción Groucho. Si hay alguna razón para mi presencia en estas páginas, por lo tanto, quizá sea que, dentro de la militancia en algunas religiones laicas que nos defienden de la descreencia generalizada en las posibilidades de cambiar el mundo, el sistema, o como queramos llamarlo, una de mis primitivas creencias, junto con el Real Madrid y la novela negra, es Brecht.

Soy consciente de haber dicho Brecht y no el teatro brechtiano, aunque esta fue la vía de penetración -¡que mal suena esta frase! Modifico:- el ámbito que me permitió conocer la figura del escritor alemán. Declararse brechtiano, en cualquier caso, y en el mío particularmente, es tan tonto como formar parte de una unidad de destino en lo universal; veranear en Quintanilla de Onésimo Redondo o intentar entender los meandros ideológicos de doña Pilar del Castillo. Si algo tiene de bueno militar en una religión laica es que no pecas cuando no comulgas -la mayoría de las veces con ruedas de molino-, y el amigo Bertoldo, compartiría con Groucho el convencimiento de jamás entrar en un club que le admitiese a él como socio. Y yo no soy nadie para corregirle, con lo cual siempre me he trabajado con la posibilidad de no admitir la deificación de su figura, ni como dramaturgo, ni como escritor, ni como intelectual, ni tan siquiera como aficionado al boxeo y a la novela negra, entre otras variadas razones porque esta deificación, nacida en Alemania y extendida posteriormente por amplios sectores de la geografía, ha escogido, en un despiece impúdico, las partes que le interesaba al sanedrín de los intelectuales orgánicos de la burguesía alemana, descartando como despojos los planteamientos ideológicos de clase de Brecht. En resumen, que han convertido —o intentado convertir— a Brecht en un clásico, elevado a los altares de la Literatura, evidentemente con mayúsculas, reconduciendo todo su discurso hacia una serie de normas de obligado cumplimiento en el ámbito dramatúrgico y separando, ocultando, minimizando, el saber y el saber decir —en palabras de Gramsci— de un intelectual desclasado que asumió la revolución como un hecho de conciencia.

Esta separación es reveladora en el caso que nos ocupa: mientras preparaba este artículo, sobre Brecht y la política —lo que demuestra que nadie está libre de contradicciones y que todos caemos en la misma trampa—, consultando la numerosísima bibliografía sobre Brecht constataba que no menos de un 25 % de los estudios brechtianos contienen en su título o subtítulo la palabra "política". Esta proporción sería difícilmente imaginable en cualquier otro autor. "Joyce y la política", "Borges y la política", son títulos posibles de un monográfico; de una tesis doctoral de cualquier universidad estadounidense; de alguno de los artículos que pueden homenajear al desdichado autor en su centenario, pero no podrían suponer jamás una cuarta parte de los estudios sobre el autor y su obra. ¿Por qué, entonces, esta reiteración constante en el caso de Brecht? Acaso por su fama de creador comprometido, pero ¿no está también comprometido Vargas Llosa, o Borges, o Malraux? ¡Ah! bendita ingenuidad: lo importante no es estar comprometido, claro, sino con quién se compromete uno. El compromiso de Vargas Llosa con el concepto de globalización de la explotación, del exterminio, del expolio, del Imperio, en suma, no es tal compromiso para la ideología dominante: es una consecuencia lógica del proceso de expansión del pensamiento único, del fin de la historia, del crepúsculo de las ideologías, en este viaje iniciático que va de Fukuyama a Fernández de la Mora, o viceversa, pasando por Sánchez Dragó y la sección femenina.