Revista Laberinto

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Materia y movimiento

Este trabajo y otras futuras entregas tendrán como finalidad la de servir de apoyo para la reflexión y el debate que queremos abrir sobre el objeto y la función de la filosofía marxista.

En realidad, se trata de ir exponiendo los conceptos elementales y fundamentales del materialismo dialéctico, con el objeto de contribuir al fortalecimiento de la conciencia comunista en el combate que cada día se libra con el pensamiento filosófico burgués.

Las categorías filosóficas no sólo son definiciones teóricas, sino que además guardan una estrecha relación con la realidad práctica: son las que aportan el andamiaje para la elaboración de los sistemas ideológicos que posteriormente utilizan las clases dominantes para embellecer y legitimar sus proyectos sociales.

Es ésta una razón de peso para considerar necesario el estudio sistemático y concienzudo de la filosofía. Sin embargo, la experiencia de los últimos cincuenta años nos ha demostrado todo lo contrario, casi un desprecio absoluto por todo lo que huela a esta disciplina. Es por todos conocido que la actividad filosófica ha estado demasiado olvidada en la historia de los partidos comunistas, suponemos que por la propia concepción metafísica que albergaban en su seno, dado que se han caracterizado por considerar la realidad sólo desde el punto de vista de la “práctica”, sin comprender que la transformación de esa realidad  recae sobre la dialéctica teoría – práctica, como dos aspectos de una misma relación.

A lo más que se llegaba era a considerar esa actividad como tarea específica de los intelectuales (de la cúpula de los partidos o, de lo que es peor aún, de los intelectuales independientes), relegando a los militantes y simpatizantes, que era sobre los que recaía la actividad de los partidos, a los trabajos prácticos, con lo que se estaba cogiendo el camino más corto para hacer efectiva la separación  entre la teoría y la práctica, y la derrota sin paliativos de la concepción burocrática y anti-dialéctica de esas estructuras organizativas.

Sus efectos secundarios no se han hecho esperar, haciendo mella en donde más duele. Su manifestación más notoria, aunque no la única, es la de haber provocado el descontento, la desorientación y la desmoralización de cuantos han militado en las filas comunistas, que, con el paso del tiempo, han ido engrosando las filas de los desertores o, en el mejor de los casos, a engordar la nómina de los voluntariosos, que aunque siguen creyendo que están en el lugar adecuado, están continuamente cediendo terreno en el combate ideológico, ya que pierden toda iniciativa por la falta de un proyecto que haga frente, y de respuestas a los problemas de la sociedad capitalista.

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