Revista Laberinto

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente
Home Tabla de Sección laberinto 7 La maleta de cartón

La maleta de cartón

E-mail Imprimir PDF

Hace mucho tiempo ya, que a las seis de la mañana algo le impulsa a echarse abajo de la cama. Hoy, como la mayoría de los días, sus pasos lentamente le encaminan  hacia la playa. Hecho para el trabajo, la jubilación le ha sorprendido sin saber qué hacer con el tiempo. Los paseos, los mandados a la mujer, la cháchara con los amigos, las copas y alguna partida de dominó, son sus nuevas tareas. Ya no hay tajo, ya no hay  destajos.

Mientras camina observa cómo algo se va acercando a la orilla desde mar adentro. Es temprano. Pueden que sean pescadores buscando mejor lugar para echar la caña. Sigue caminando, recordando como por el paseo marítimo que ahora recorre, años atrás eran dunas entre las matacañas y las retamas. Era corriente en aquel tiempo ver algún que otro camaleón entre las matas andando lentamente agarrado con la cola al tallo de las retamas. Recuerda solo lo de sus años de chiquillo. De joven se fue emigrado a Alemania y no todos los años pudo venir al pueblo si quería ahorrar y comprarse una casa y un coche. Se perdió el cambio del pueblo. Pasó mucha hambre antes de emigrar pero era su pueblo. Hoy ya no la  pasa pero se siente castrado brutalmente de recuerdos que tuvieron que haber acaecido allí entre sus gentes, entre los suyos en su pueblo.

Lo que antes vio en la mar como un punto confuso y difuso, ahora iba cobrando forma. No eran pescadores. Una patera se acercaba. Notó algo raro. Paseó la vista  hacia levante y luego hacia poniente y comprobó que estaba solo. La curiosidad y el no tener nada que hacer lo clavaron allí a ver qué era lo que ocurría.

Cuando la embarcación se acercaba al rompiente de las olas, fue cuando se dio cuenta que los componentes, aparte de ser demasiados  para aquel falucho, unos eran negros y otros por el aspecto, marroquíes, sin duda alguna. Al llegar a la orilla, empezaron a saltar al agua dirigiéndose hacia la arena, donde a poco unos caían con gestos de supremo agotamiento y otros se arrodillaron sentándose sobre sus piernas. El dolor y el sufrimiento se podían sentir y palpar en el aire de la mañana. Fijó su vista en el grupo y  observó que había varias mujeres entre aquellas criaturas lastimeras e indefensas.

Todos los días escuchaba hablar de emigrantes y pateras, pero en playas más cercanas a la costa marroquí, no en lugares como éste, tan lejano. Se fue acercando al grupo humano que de forma dramática se levantaba y avanzaba lentamente como si sus pies fueran parte de raíces que costaba desbrozar. Ahora comprendía qué le había llamado la atención desde el principio. La tardanza desde que avistó el punto a la llegada a la playa, era debido a que estos infelices habían empleado sus manos como remos. Se quedarían sin combustible, pensó, y las corrientes les habrían arrastrado tantas leguas lejos del punto de  destino al  que ellos confiaban llegar. ¿Cuántos días, cuántas horas habrían estado en esta situación? Se hacía esta pregunta mientras parado observaba al grupo de unas veinte personas tiradas en la playa.

 

 icon para leer más